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3/20/2023

Cine Sentido, nuevo libro de Omar Ardila


 

La editorial Favila, de la ciudad de Bogotá, acaba de publicar mi más reciente libro: Cine Sentido. A continuación comparto el texto de la contraportada y enseguida las referencias de la publicación.

Un libro sobre cine protagonizado por la filosofía de Gilles Deleuze.

Una parte importante de la filosofía desde finales del siglo XIX y hasta nuestros días ya no está en busca de la verdad. Esto ha redundado en las concepciones de las artes, la historia, la filsofía misma y del pensamiento en general. Una propuesta en esta vía es la de Gilles Deleuze: la búsqueda en cuanto deseo de los signos que otorgan sentido a nuestra existencia y a la existencia como tal. Los signos son la clave para pensar de otra forma, para expresarnos y producir aquellos sentidos (ideas) que nos permiten acercarnos a nosotros mismos desde eso que se ha excluido, se ha marginado de la existencia: aquello otro que nos constituye. Omar Ardila se apoya en esa propuesta para elaborar un recorrido muy personal y apasionado por diferentes hitos del cine, además de detenerse en algunpos de los realizadores más interesantes que ha tenido este medio, a pesar de que algunos pueden ser no tan conocidos en nuestro contexto, como Artavazd Pelechian, Miklós Jancsó, entre otros.

Nota de contraportada del libro


Referencias:

Título: Cine sentido

Autor: Omar Ardila

Editorial: Favila

Año de publicación: 2023

Idioma: Español

Categoría: Favila

Género: Filosofía y cine

Encuadernación: Rústica

Dimensiones: 13.5 x 19.5

Número de páginas: 184

ISBN: 9786289536027


Quienes estén interesados en adquirir el libro, pueden hacerlo a través de la tienda virtual de la Librería Favila, en el siguiente enlace: 
Tienda virtual Librería Favila

10/23/2022

Deleuze lector de Pasolini

Reproduzco a continuación el texto que muy amablemente el filósofo Juan Guillermo Ramírez preparó para la presentación de mi libro Geografías del trueno, el cual presentamos el pasado 20 de octubre en la librería La valija de fuego.

Se trata de un texto "Nacido del trueno" (Juan G. Ramírez) y a partir de la conciencia de una materialidad intensa que atraviesa el libro, aunque no se concentre en las temáticas que aquel bosqueja, sino en las derivaciones de una experiencia y la posibilidad de remitirse a afinidades discursivas.



Deleuze lector de Pasolini

 

POR JUAN GUILLERMO RAMÍREZ

 

En 1945 Merleau-Ponty postula un acuerdo entre el cine y “la nueva psicología”. Por “cine” entiende aquellos films cuya “forma temporal” expresa la “conciencia arrojada al mundo” de los personajes, mientras relativiza el valor fenomenológico de la mirada-cámara y, correlativamente, de la imagen automática. Si la pintura ofrece un medio idóneo para una indagación genética de la percepción a partir de la “reflexión” en la tela del cuerpo intencional del artista que, “prestando su cuerpo al mundo, cambia el mundo en pintura”, la pantalla cinematográfica no tiene horizontes, es decir, no reflexiona en la imagen el punto de vista de un cuerpo como su condición fuera de campo. El film es como un doble de la nueva psicología, pero la imagen-cine (como la instantánea fotográfica, como el plano geométrico cartesiano), no es un fenómeno de percepción que sea objeto de la psicología por sí mismo. La razón es sencilla: la cámara no está en el mundo. Resume Gilles Deleuze: “Por más que el cine nos acerque o nos aleje de las cosas, y nos haga girar alrededor de ellas, él suprime el anclaje del sujeto tanto como el horizonte del mundo, hasta el punto de sustituir las condiciones de la percepción natural por un saber implícito y una intencionalidad segunda” (Deleuze). De ahí que este acercamiento fenomenológico al cine sea desde el punto de vista de la recepción del film y no desde la puesta en escena o producción de la imagen. Todavía más, recepción no debe entenderse aquí en términos perceptivos, al menos no directamente, sino como un acto de significación (intencionalidad segunda) que hunde sus raíces en una percepción primera: Cuando, en una película, la cámara se centra en un objeto al que se acerca para dárnoslo en primer plano, podemos recordar que se trata del cenicero o de la mano de un personaje, pero no la identificamos de manera efectiva. La pantalla no tiene, claro está, horizontes. Por el contrario, en la visión, apoyo mi mirada en un fragmento de paisaje, que se anima y despliega, cuando los demás objetos se sitúan al margen y empiezan a desdibujarse sin dejar de estar allí.

La expresión “la pantalla no tiene horizontes” implica una concepción del encuadre cinematográfico como un fragmento “cerrado”, espacial y temporalmente clausurado, tanto respecto al cuerpo vidente como al horizonte circundante. La condición del film es, como dice Deleuze, una “intencionalidad segunda” porque es la memoria de los planos anteriores y el suspense de los planos porvenir lo que completa la imagen, una imagen indirecta del tiempo, en el sentido de que el espectador lee la relación de los signos más de lo que ve (y se ve en) la composición material de los planos y su duración interna: Pudovkin tomó un día un primer plano de Mosjukin impasible y lo proyectó precedido primeramente por un plato de sopa, seguidamente de una joven muerta en su ataúd y finalmente de un niño jugando con un osito de peluche… y el público quedó maravillado por la variedad de sus expresiones, cuando en realidad el mismo plano había servido tres veces y era completamente inexpresivo. El sentido de una imagen depende pues de aquellas que la preceden en el film (Merleau-Ponty).

En consecuencia, Merleau-Ponty, que parte de los estudios de Lev Kulechov y la escuela soviética, postula la neutralidad semántica del plano y concibe la génesis del sentido cinematográfico en las convenciones del montaje. Se trata de otro discurso, una especie de confirmación salvaje de la moderna fenomenología, en tanto el espectador lee fenomenológicamente el film (a partir de su propio esquematismo sensorial y motriz). Por eso el montaje de planos objetivos (Mosjukin es visto) y subjetivos (lo que Mosjukin ve), puede ser traducido con facilidad al idioma fenomenológico: el montaje del cuerpo vidente-visible del personaje, como si estuviera en el mundo. La imagen pictórica, en cambio, no precisa contracampos para inscribirnos en lo visto como sujetos videntes. Y todo cuadro parece indicar, reflexivamente, desde dónde ha de ser mirado. Pone en juego el cuerpo propio del espectador. Nos mira. Pero la cámara está afuera del mundo. Y la imagen resultante, descentrada con respecto al cuerpo (el cambio de puntos de vista, la movilidad de los centros, la orientación de los encuadres, está dislocada con respecto a la posición del espectador en la silla). El cine no nos devuelve la vista: ¿no será esta, también, su grandeza?

El estilo indirecto libre como reflexión de la conciencia en la imagen. En discusión con Merleau-Ponty, Deleuze reclama para el cine una reflexividad específica, postulando una “conciencia-cámara” que ningún cuerpo puede encarnar: “la única conciencia cinematográfica no somos nosotros, los espectadores, ni el protagonista: es la cámara, a veces humana, a veces inhumana o sobrehumana” (Deleuze). Parte de una lectura de Pier Paolo Pasolini, que había adoptado el concepto de “subjetividad indirecta libre” para pensar el estatuto de la percepción cinematográfica alcanzado por el cine que denominaba “de poesía”: “transformaré por lo tanto momentáneamente la pregunta: ¿es posible en el cine una ‘lengua de poesía’?, en la pregunta: ¿es posible en el cine la técnica del discurso indirecto libre’?”, entendiendo por ello: “la inmersión del autor en el ánimo de su personaje y, por lo tanto, la adopción, por parte del autor, no sólo de la psicología de su personaje, sino también de su lengua” (Pasolini). El modelo de la literatura le permite trazar una analogía simplificadora: puede compararse la toma objetiva con un discurso indirecto (el punto de vista del narrador, exterior al conjunto narrado) y la toma subjetiva, con un discurso directo (el punto de vista del personaje, interior al conjunto narrado). Un plano “subjetivo indirecto libre” compone ambas miradas en un sistema heteróclito, que ya no permite distinguir tomas objetivas de subjetivas. Dice Deleuze: “la cámara desencadenada… ya no se contenta con seguir a los personajes, sino que se desplaza entre ellos… no se confunde con el personaje y tampoco está fuera de él: está con él. Es una suerte de Mitsein propiamente cinematográfico” (Deleuze). Así decía Pasolini de Michelangelo Antonioni: “Antonioni ha liberado el propio momento más real: ha podido finalmente representar el mundo visto con sus ojos, porque ha sustituido, en bloque, la visión del mundo de una enferma, por su propia visión delirante de esteticismo: sustitución en bloque justificada por la posible analogía de ambas visiones” (Pasolini).

Sabemos que en Pasolini las condiciones de aparición de un discurso indirecto libre en literatura se fundan en la riqueza polifónica que presenta una lengua, o, mejor dicho, siempre que en lugar de establecerse conforme a un ‘nivel medio’, se diferencie en lengua baja y culta. Y que Deleuze ha dicho que la literatura consiste en “crear una lengua extranjera dentro de la propia lengua”. De ahí la pregunta algo diabólica y, sin embargo, precisa: “¿Es esta la razón por la cual el cine moderno necesita tanto de los personajes neuróticos, como si estos hablaran el discurso indirecto libre o la ‘lengua baja’ del mundo actual?” (Deleuze). Podría agruparse, en efecto, el cine moderno según este criterio: la proliferación de miradas afectadas por una anomalía que modifica su percepción del mundo, pero que no se contrae en las subjetivas del personaje, como en el cine clásico, que siempre nos devuelve una objetiva normalizadora, sino que afecta en primer lugar el punto de vista de la narración tanto como la génesis del mundo narrado. En La ventana indiscreta (Alfred Hitchcock, 1954), por ejemplo: ¿no es la ventana indiscreta por sí misma antes de que el personaje abra los ojos y actualice ese rasgo cualitativo? No obstante, la analogía con la lengua tiene su límite. La codificación del lenguaje cinematográfico no es a lo visible como la lengua a lo enunciable. Dice Pasolini: “el autor cinematográfico no posee un diccionario sino una posibilidad infinita: no toma sus signos (im-signos) del estuche, del bagaje: sino del caos, donde no son más que meras posibilidades” (Pasolini). En contraposición con el escritor, considera la operación cinematográfica de autor como doble: el cineasta debe establecer una mirada, como un estilo que no es la afectación singular de una lengua previamente codificada, por ejemplo, una lengua culta afectada por una lengua baja, sino, manteniendo el paralelismo, debe crear el diccionario que va afectar, esto es, establecer la lengua misma como operación de estilo, una “lengua escrita de la realidad”, que consiste ella misma en una anomalía más que en una koiné: “el lin-signo utilizado por el escritor ya ha sido elaborado por toda una historia gramatical popular y culta: mientras que el im-signo adoptado por el autor cinematográfico ha sido extraído idealmente un instante antes, por ningún otro que por él mismo del sordo caos de las cosas” (Pasolini). Quizá deba reverse esa máxima de sentido común según la cual el cine moderno de autor, del que se ocupa Pasolini en el texto comentado (Antonioni, Jean-Luc Godard, Glauber Rocha, entre otros) tenga su condición en el lenguaje previamente codificado del cine clásico. De la lectura de los textos de Deleuze, se sigue más bien que ambos cines (clásico y moderno) remiten (de diversa manera) al mismo sistema perceptivo, el de los esquemas sensorio-motrices que el cine clásico reproduce como la piel del mundo de los personajes que lo habitan y el cine moderno cuestiona, dislocando los nexos que organizan nuestra percepción cotidiana del mundo. Y, sin embargo, mientras el espacio se vuelve inhabitable para los personajes y los bloques de movimiento devienen compuestos aberrantes o anómalos para nosotros, una curiosa positividad se ofrece a nuestra mirada. Una forma de ver. Indiscreta, piadosa, pornológica o de sentido común: la cosa vista es ya vista. Ver un film es volver a ver algo ya visto, como decía Hugo Santiago, conclusión inevitable en una época del cine que se ha acostumbrado a hacer sentir la cámara. Comenta Deleuze: Está bien, en efecto, que el personaje sea neurótico, para indicar mejor el difícil nacimiento de un sujeto en el mundo. Pero la cámara no ofrece simplemente la visión del personaje y de su mundo, ella impone otra visión en la cual la primera se transforma y refleja. Este desdoblamiento es lo que Pasolini llama una ‘subjetiva indirecta libre’. No se dirá que siempre ocurre así: en el cine se pueden ver imágenes que se pretenden objetivas, o bien subjetivas; pero aquí se trata de otra cosa, se trata de superar lo subjetivo y lo objetivo hacia una Forma pura que se erija en visión autónoma del contenido (Deleuze).

La “carencia de horizontes” será evaluada positivamente como un “descentramiento” perceptivo, genéticamente primero según Deleuze: “se trata de volver a alcanzar el mundo anterior al hombre, anterior a nuestro propio amanecer” (Deleuze). Aquí encontramos la diferencia de partida con Merleau-Ponty: ¿posee la percepción encarnada un valor genético o tan sólo derivado?, ¿es en torno de mi cuerpo que el mundo se abre y nace, o más bien que se clausura y cierra?, ¿es la percepción cinematográfica artificial o, en cambio, como decía Henri Bergson, la percepción natural ya es cinematográfica, esto es, un encuadre sustractivo sobre un plano de materia-movimiento? Ahora bien, mientras Bergson concibe la percepción cinematográfica como la consumación técnica de la percepción sustractiva, según Deleuze, el cine modularía un intervalo diferencial entre dos sistemas de referencia. Uno orgánico, en tanto las determinaciones del plano toman por referencia las dimensiones del cuerpo y su horizonte circundante. Sin embargo, es la tendencia inorgánica la que importa para Deleuze la potencia singular del cine, el estatuto de la imagen-movimiento: “si el cine no responde en absoluto al modelo de la percepción natural subjetiva, es porque la movilidad de sus centros, la variabilidad de sus encuadres, lo inducen siempre a restaurar vastas zonas acentradas y desencuadradas” (Deleuze). Pero el descentramiento cinematográfico no concierne a una vocación informalista de remover cualquier sistema orgánico de representación, al contrario, establece una diferencia de niveles que opera como un principio de diferenciación de lo empírico (los personajes y su mundo) y lo genético o trascendental, es decir, la conciencia-cámara que abre un movimiento-mundo, un nacimiento-mundo, que remite al acto de determinación de una imagen a partir de un sistema acentrado de la materia en un plano de inmanencia: “es en este universo o sobre este plano donde recortamos sistemas cerrados, conjuntos finitos” (Deleuze).

La primera determinación de un sistema cerrado es el “encuadre”. Ahora bien, un encuadre es tanto un contenido representado, como una representación. Un acto de determinación implicado en la forma de la imagen. Por eso, cuando se dice que un encuadre es tanto un contenido determinado como un acto de determinación que puede deducirse de las formas del contenido, el cine ha hecho su revolución copernicana. La pregunta del crítico ya no será qué es esto, sino quién es esto (reflexión). La indagación crítica toma así el curso de una “deducción metafísica” de la condición a partir de lo condicionado, de la forma de ver a partir de lo visto, del encuadre como modulación o sustracción formal de una materia dinámica, a partir del cuadro como conjunto de todo lo que se ve. De este modo: el cuadro se ha abierto, a la vez, a una conciencia formal y a un plano material cuyos valores son organizados en acto, en términos de Pasolini, idealmente, un instante antes (la “anterioridad” es lógica, de jure). Comenta Pascal Bonitzer: “el arte del cine es un compuesto inextricable de formas a priori (la cosa mental que la puesta en escena debe animar en la pantalla) y de imágenes en bruto que proceden de lo real” (Bonitzer).

Pasolini considera el caso de La aventura (Antonioni, 1960). Entre los signos de estilo destaca los “encuadres obsesivos” que subsisten por sí mismos y encuadran “la mirada” que los personajes actualizarán al entrar en campo y dejarán “disponible” cuando lo abandonen. Por ejemplo, la mirada al precipicio de la isla, puede (condición) valer como punto de vista (condicionado) tanto de la desaparecida, Ana (¿se suicidó?), del novio, Sandro (¿la empujó?) y de Claudia (¿quiso su muerte para quedarse con Sandro?). No obstante, el precipicio es encuadrado por su cuenta de una vez y para todas las miradas posibles, las que se actualizan y las que no, componiendo una visión autónoma del contenido, que es a la vez su condición de posibilidad, como un sistema de miradas que los precede así como el derecho precede al hecho y, según la máxima deleuziana, también lo excede, en tanto no se agota en la mera actualización de lo posible, sino que revela un plexo de posibilidades incomposibles (o inorgánicas) que ya no puede calcarse de ninguna mirada empírica ni de ningún mundo dado (“la conciencia no somos nosotros, ni los personajes”) ya que no sólo compone tres miradas empíricas sin confundirlas, sino que las articula en un sistema inorgánico de “mundos posibles” (un poco a la manera de Borges: en uno, Ana se suicida, en otro la matan, en otro deseaban su muerte, etc.) De este modo, el film policial que reduce muchas posibilidades a una verdad de hecho (¿quién fue?) cede a la composición de una Forma Pura (Signo o “Im-signo” según Pasolini) que insiste o subsiste el mismo para todos los casos, y más allá de ellos, como una fijación obsesiva de la cámara en una materia líquida que no alimenta el drama, sino la propia vocación estilística por hacer visible no tanto un fragmento de mar, tal como se ve en general, objetiva o subjetivamente, como las fuerzas desencadenadas cuya potencia expresiva presupone una nueva mirada, que se expresa a través de ellas (el mar como nunca se ha visto). Comenta Bonitzer: Hay un punto de vista que va más allá del punto de vista meramente humano, encarnado por los protagonistas; es aquel que, inhumanamente, expresa la cámara: un punto de vista abstracto sobre los movimientos cualesquiera –explosiones, nubes, movimientos brownianos, manchas–, sobre el espacio neutro lleno de movimientos cualesquiera, al que tiende el movimiento de los filmes de Antonioni (Bonitzer).

En otras palabras: tales o cuales rasgos materiales devienen expresivos (imsigno) de un estilo al volverse autónomos respecto de los contenidos empíricos del film y de su valor dramático (por ejemplo, como indicio: la duración obsesiva del plano muestra más que la información necesaria) para componer problemáticamente las condiciones de posibilidad del cine: la génesis de un mundo mediante el establecimiento de una mirada sobre una materia no formada (la inversa vale). El verdadero drama es poder ver. Desde esta perspectiva se entiende mejor la expresión pasoliniana: “el autor cinematográfico extrae sus signos del caos y produce un mundo como estilo.” La noción de “estilo” en cine debe entenderse, así como un procedimiento de subjetivación que opera una modulación del “sordo caos de las cosas” según rasgos, ritmos y valores expresivos, que remiten a las formas de sentir-pensar de ese sujeto-cámara, que opera sobre lo sensible un nuevo reparto, es decir, que produce un mundo como singularidad o anomalía a partir de un plano de materia-movimiento descodificado. De allí que la fábula devenga casi una excusa, dice Pasolini, o mejor, que estos films, llamados entonces “de autor”, esto es, descodificados con respecto a las matrices narrativas clásicas, se desarrollen simultáneamente en dos niveles relativamente autónomos: “el cine de poesía tiene en común por lo tanto la característica de producir filmes de doble naturaleza. Bajo ese filme, transcurre otro filme –que el autor habría hecho incluso sin el pretexto de la mímesis visiva de su protagonista: un filme total y libremente de carácter expresivo-expresionista” (Pasolini). La noción de ‘mímesis visiva’ no apunta en Pasolini a una copia naturalista de la realidad, imposibilitada a partir de la denegación de las tomas objetivas (la famosa “ventana” de Alberti, que con Hitchcock se ha vuelto indiscreta), sino a la composición heteróclita de dos sistemas de miradas (expresionista-trascendental, empírico-dramático): “no sólo ambos ven concretamente ‘series diversas’ de cosas”, dice Pasolini, “sino que una cosa, en sí misma, resulta diversa en las dos ‘miradas’” (Pasolini). La condición no sintética de ambos sujetos reflexiona en las formas inorgánicas del objeto y se deduce de ellas independientemente de la cosa en sí: “lo cual le permite llevar la imagen-percepción, o la neurosis de sus personajes, al nivel de la bajeza y la bestialidad, con los contenidos más abyectos, reflejándolos a la par en una pura conciencia poética animada por el elemento místico o sacralizante. Y acaba produciendo con ello una forma cinematográfica capaz tanto de la gracia como del horror” (Deleuze). Y esto es así porque el espacio y el tiempo puestos en escena no remiten a una forma de la sensibilidad en común, o a la interiorización de un sujeto por otro. Si no más bien a un acto de subjetivación simultánea en dos niveles. Concluye Deleuze: Se trata del Cogito: un sujeto empírico no puede nacer al mundo sin reflejarse al mismo tiempo en un sujeto trascendental que lo piensa, y en el cual él se piensa.

Y del Cogito del arte: no hay sujeto que actúe sin otro que lo mire actuar, y que lo capte como actuado, tomando para sí la libertad de que lo desposee. ‘De ahí que existan dos yo diferentes, uno de los cuales, consciente de su libertad, se erige en espectador independiente de una escena que el otro representaría en forma maquinal. Pero este desdoblamiento no llega nunca hasta el final. Es más bien una oscilación de la persona entre dos puntos de vista sobre sí misma, un ir y venir del espíritu’ un estar-con (Deleuze). Pensar el cogito como Mitsein implica radicalizar las paradojas de la reflexividad kantiana en un sentido muy preciso. El sistema de referencias acentrado que media entre la conciencia y el personaje no puede reducirse a la forma de la interioridad. La reflexión siempre da cuenta de un exceso de orden material. Yo es un otro, en tanto al actualizarse la conciencia-cámara en la mirada-personaje no se identifica con él (como en una imagen-sueño, donde un personaje se sueña a sí mismo y ve, a la vez, desde su cuerpo y fuera de él) sino que subsiste (virtualmente, diría Deleuze) en el tiempo (como hemos visto: la duración de las miradas no es la misma) y en el espacio (por ejemplo, los espacios en profundidad de campo a espaldas de los personajes, o en ausencia de ellos). Como en el enunciado didáctico de Godard: “no es rojo, es sangre”, si bien es sangre para el personaje, es rojo para la cámara (rasgo expresivo autónomo). Pero también el personaje puede percibir ese rojo independientemente de su valor dramático. No obstante, en este caso, da cuenta de un rasgo psicológico que enrarece su mundo (neurosis) y se compone, pero no se identifica, con la operación estilística que libera un color del contorno envolvente del objeto, a la manera del barroco. En otras palabras, lo que define el encuadre como una contracción que compone un espacio y el plano como una modulación que articula un bloque de tiempo, se dicen como estilo a partir de la irreductibilidad de las formas de la sensibilidad a las estructuras puras de una conciencia tanto como a las afecciones empíricas de un personaje. Forma pura o Im-signo. A partir de esto, es preciso diferenciar, dice Pasolini, “entre monólogo interior”, teorizado por Sergei Eisenstein, y el discurso indirecto libre: “el monólogo interior es un discurso revivido por el autor en un personaje que es al menos idealmente de su tiempo… la lengua puede ser por tanto la misma” (Pasolini). El ‘indirecto libre’, en cambio, presupone la heteronomía de ambas lenguas o, mejor, de ambas miradas, y su composición en una forma espacio-temporal heteróclita.

La discusión con el maestro soviético permite determinar el sentido eminentemente político del estilo indirecto libre en Pasolini y el doloroso reconocimiento de su fracaso. En efecto, Eisenstein es el primero, junto a Jean Epstein, en decir que el cine es una forma de conciencia y que la imagen es mental. De manera ejemplar: si el pueblo viene a la imagen como sujeto, dice, es porque el cine político consiste en la reflexión del pueblo sobre el pueblo, de una conciencia-cámara (cuyo punto de vista es colectivo) sobre sus propios contenidos (cuya materia es común). Un monólogo interior que tiene la forma (dialéctica) de la historia, que ha interiorizado y formalizado la naturaleza, llamada así por Eisenstein la “no-indiferente”. Pasolini, igual que Rocha, discute la forma de la historia, y en general, la forma del tiempo entendida como la mediación que sostiene la identidad de los dos sujetos en la reflexión, bajo la forma de un hay: hay pueblo, presupuesto empírico o naturalista de la subjetivación cinematográfica, que consiste en la interiorización del ahí por un Yo pienso, es decir, yo –el pueblo– monto mi propia historia desde el punto de vista de mi conciencia histórica. Por eso cuando Pasolini revisa su filmografía de la década del ‘60 e inicios de los ‘70, que define por la vocación de “aumentar las posibilidades de lo representable”, no presupone la cosa a ser representada (un pueblo) ni la forma de la representación (una conciencia colectiva). Se trata más bien de una composición singular, o si se quiere, de una auto afección que modifica cualitativamente los términos de partida, de un movimiento intensivo entre-dos que produce una nueva Forma y en este sentido “amplía las posibilidades de lo representable”. Sigue Pasolini: “para un director como yo, que hubiese intuido que la cultura (en que se había formado) estaba acabada, que ya no representaba nada, sino precisamente (quizá) la realidad física, era consecuencia natural que tal realidad física se identificase con la realidad física del mundo popular” (Pasolini). Lo primero es la diferencia de los mundos: alto y bajo. Luego la producción de un signo por composición: “el signo de la realidad corpórea”, dice, “es en efecto el cuerpo desnudo: es, de modo todavía más sintético, el sexo” (Pasolini). Ahora bien, tal signo no existe antes ni fuera del gesto estilístico que lo expresa y que modifica en bloque tanto el punto de vista (una cultura muerta, revive) como el cuerpo desnudo. Así el pueblo viene a la imagen como primer plano del sexo, que no remite ya al cuerpo popular y empírico sobre el que se realiza la toma (sino que es un rasgo expresivo autónomo). Porque sólo la perspectiva de una cultura que agoniza (como define Pasolini su punto de vista) es capaz de revelar el carácter político del sexo, es decir, de transfigurarlo mediante el encuadre, la duración del plano y la insistencia obsesiva del montaje, en un signo político: signo de la resistencia del cuerpo a la normalización capitalista, pero también acto de resistencia de una cultura a su muerte. En otras palabras: reconocemos el estilo-Pasolini en esos primeros planos, mucho más que una grosera objetivación de genitales. No es una pornografía, sino una porno-logía. Pero el Logos en cuestión no está en la naturaleza, ni en la conciencia: sino en la expresión singular que las compone en una Forma Pura (el presente de unos cuerpos y el pasado de una cultura como signo de lo posible: la resistencia). La producción de signos estilísticos se opone, así, al capitalismo como máquina de producir clichés eróticos, codificaciones que organizan los cuerpos y los movimientos del deseo, primero, en la dirección de la producción o reproducción de la fuerza de trabajo, luego, en la dirección del consumo: “ningún poder ha tenido tanta posibilidad y capacidad de crear modelos humanos e imponerlos como este que no tiene rostro ni nombre. En el campo del sexo, por ejemplo, el modelo que tal poder crea e impone consiste en una moderada libertad sexual que incluya el consumo de todo lo superfluo considerado necesario para una pareja moderna… La ansiedad conformista de ser sexualmente libres, transforma a los jóvenes en míseros erotómanos eternamente insatisfechos precisamente porque su libertad sexual fue recibida y no conquistada” (Pasolini, 1998: 101). Cuerpos sin estilo, normalizados, codificados, que sólo a una mirada desatenta se le aparecen como conciencias arrojadas al mundo, cuando se trata más bien, como decía Godard, de que el mundo se ha vuelto un mal film. Sólo en nombre de esta política de la sensación se justifica estéticamente, en el plano de los contenidos, la salida del capitalismo en los films que componen la trilogía de la vida: El Decamerón (Pasolini, 1971), Las Mil y una noches (Pasolini, 1974), los Cuentos de Canterbury (Pasolini, 1972), como si rodeara al capitalismo histórica y geográficamente para trazar en el vacío su figura negativa. En otras palabras, para poner a sus héroes fuera de la “normalización” sexual burguesa, que es la imposición del sexo como libertad obligada, antes que alcanzada como gesto de resistencia, se debe partir de la composición sensorial de un im-signo, que es la reflexión de un estilo, antes que un monólogo interior: el sexo no está en la cabeza del autor como una idea fija. Ni está en el mundo como una especie de buen salvaje o erotismo ingenuo que nos vendrá a liberar, como algunos se apuraban a decir. Pasolini tiene muy claro el carácter anómalo o perverso de la composición (“empirismo herético”), es decir, que el estilo es una perversión de lo real, producto de encuentros y auto-afecciones recíprocas con los cuerpos que frecuentaba como vida a ser expresada: “era claro que estaba haciendo experiencia de una forma de vida con el fin de expresarla” (Pasolini). Así una vida se dice como estilo cuando se expresa en la afección de las cosas y en la potencia de ser afectado por ellas y de auto-afectarse a través de ellas. Condición que se ha vuelto imposible en el tiempo de la imagen capitalista del mundo: “si quisiera continuar con películas como El Decamerón no podría hacerlas, porque ya no encontraría en Italia –especialmente en los jóvenes– la realidad física (cuyo estandarte es el sexo en su gloria) que es el contenido de esas películas” (Pasolini). No sólo “mi cultura”, sino el cuerpo “el cuerpo popular, también ha desaparecido” (Pasolini). Es una desaparición simultánea y recíproca, de la conciencia y del personaje, que se expresa en los films tardíos, por ejemplo, Saló o los 120 días de Sodoma (Pasolini, 1975), donde el sexo es neutralizado sensorialmente por una codificación fetichista del primer plano, una suerte de castración, que hace posible una objetivación sádica en el plano de los contenidos. Es el triunfo del vacío, la inversión del signo en cliché, como era el desierto en Teorema (Teorema, Pier Paolo Pasolini, 1967), ese vacío formal y quizá premonitorio donde derivaba a la vez la fábula ingenua de la liberación erótica y la desnudez inexpresiva del cuerpo capitalista: “me arrepiento de la influencia liberalizadora que mis películas eventualmente puedan haber tenido en las costumbres sexuales de la sociedad italiana. Han contribuido, en la práctica, a una falsa liberalización, en realidad querida por el nuevo poder reformador permitido, que es el poder más fascista que recuerda la historia” (Pasolini). La desaparición del cuerpo como signo de una cultura que encontraba su sede en el cuerpo eróticamente transfigurado, alcanza por fin el espacio vacío de una mirada que ya no puede componerse con los cuerpos, ni producir signos que transfiguren el espacio y el tiempo. Un encuadre, en suma, que sólo puede ser llenado por fantasmas: Yo soy una fuerza del Pasado. / Sólo en la tradición está mi amor. / Vengo de las ruinas, de las iglesias, / de los retablos de altar, de los pueblos abandonados / sobre los Apeninos o los Prealpes / donde vivieron los hermanos. / Doy vueltas por la Tuscolana como un loco, / por la Appia como un perro sin amo. / O miro los crepúsculos, las mañanas / sobre Roma, sobre el mundo, / como los primeros actos de la Poshistoria / a los que asisto, por privilegio de nacimiento, / desde el borde extremo de alguna edad enterrada. / Monstruoso es quien ha nacido / de las vísceras de una mujer muerta. / Y yo, feto adulto, doy vueltas / más moderno que todos los modernos / buscando unos hermanos que ya no están (Pasolini).

 


Juan Guillermo Ramírez es docente, investigador y crítico de cine. Realizó estudios de filosofía en la Universidad Nacional. Ha sido redactor cultural, periodista radial y de prensa escrita, así como colaborador especializado de revistas como Cinemateca, Kinetoscopio y Cine Cubano. También ha sido docente de Historia del cine, Estética fílmica y Teoría cinematográfica en las universidades: Unitec, Central, Lumiére, Externado, Javeriana, Tadeo Lozano, Rosario, Unimagdalena, entro otras.

1/24/2022

Apuntes para una lectura de Tarkovsky

 

TARKOVSKY

 

CONTEXTO

 -Ruptura con forma narrativa convencional. Conduce a establecer nuevos vínculos perceptuales no solo con la obra de arte, sino consigo mismo.

-Uno de los directores que alcanzó un alto punto de reflexión en torno al dispositivo cinematográfico Con sólo siete largometrajes logró conquistar el afecto de los espectadores que buscan en el cine algo más que una historia lógico-causal (propia del discurso narrativo tradicional). La constante en toda su obra es el manejo de un elevado tono poético que rompe con la linealidad de la forma clásica narrativa, pues sus preocupaciones tienen un acento totalmente intimista.

-Nació en un pequeño pueblo ruso en 1932. Su madre trabajaba como correctora en una imprenta y su padre era el poeta Arseni Tarkovsky, pero se separan cuando Andrei era muy niño. Estudió música, pintura en su niñez y luego ingresó a la escuela de cine de Moscú.

-En sus filmes incluye temas del misticismo eslavo, cierta sensualidad pagana, iconografía religiosa e incluso una sabiduría romántica. Esto de la mano de Bruegel, Nietzsche, Bach, Leonardo, Cervantes, Pergolesi. De ahí que lograra crear obras de arte integrales, en las que podemos entrever su amplio universo estético y su compromiso con el acto creador. Para él, una película debe ser emocional y no racional.

-No concibe el plano aislado, por lo que para él, no es el montaje lo más importante en el cine. Más bien se inclina hacia la composición del plano a partir de la imagen del tiempo. Es la tensión temporal dentro de los planos lo que le da el ritmo a un filme. El tiempo es una experiencia personal (la del director) y es esa la que busca aprehender para conformar su obra.

  

TIEMPO

Imagen tiempo / imagen cristal

-Deleuze realizó una clasificación de las imágenes y de los signos (fílmicos), a partir de la clasificación previamente realizada por Charles Sanders Pierce. De esta manera, ubica básicamente tres tipos de imagen que corresponden a su primera indagación sobre las imágenes-movimiento (primer libro): imagen-percepción, imagen-afección e imagen-acción. Todas estas coexisten en el cine que responde a unos vínculos sensorio-motores básicos, lo que ha sido dado en llamarse como cine clásico. Hay un fuerte vínculo del ser humano con el mundo, una confianza en el mundo, una relación o un modo de ser-en-el-mundo; idea que viene a ser agotada con posterioridad a la II G.M.

A partir de ahí empieza a hablar de un cine que podría llamarse moderno, el cual ha roto con la predominancia de los vínculos sensoriomotores y ha dejado de tener esa confianza en el mundo. Ahora el hombre se ha hecho “un vidente sacudido por algo intolerable en el mundo, y confrontado con algo impensable en el pensamiento”. Ahí es cuando surge la imagen tiempo (de su segundo libro) y entonces, en este “nuevo cine” lo más importante ya no son los acontecimientos, sino la incertidumbre de sus conexiones y la no pertenencia a quienes las viven. Aparecen situaciones ópticas y sonoras puras que son las que pueblan ese nuevo cine y ahora es el tiempo predominante sobre el movimiento. Deleuze, encuentra en el cine moderno una vía incluso ética para volver a resignificar lo que había perdido significado en la posguerra. Hay unos elementos centrales en este nuevo cine y ahí empezamos a adentrarnos en Tarkovsky: la ruptura del nexo causal entre secuencias, los tiempos muertos, las discontinuidades rítmicas, la autonomía de ciertos recursos estilísticos, la autorreferencialidad constante

Entonces surge una pregunta importante a la que el cine moderno trata de responder: ¿cuáles son las nuevas fuerzas que trabajan la imagen, y los nuevos signos que invaden la pantalla”?.

-Tarkovsky concibe el cine, de entrada, como arte, desde la primera función de los Lumiére, y lo afirma por la capacidad que tiene de “fijar el tiempo de manera inmediata”, teniendo además la posibilidad de volver a él las veces que se quisiera por medio de la reproducción de la película. De esta manera, el ser humano obtuvo la matriz del tiempo real. Entonces, se puede decir que la mayor potencialidad del cine es su capacidad para fijar la realidad del tiempo. Lo fija de una manera fáctica, material. Así, entonces, un hecho puede ser representado como un acontecimiento o como un objeto. Se va al cine en busca del tiempo perdido, fugado o no alcanzado.

-En Tarkovski se entiende como esencia del cine el fijar el tiempo, crear una impresión directa del tiempo. El tiempo impreso en sus formas, en sus manifestaciones formales es el centro del arte cinematográfico. Se podría hablar de bloques de tiempo compuestos por una serie de hechos que el cineasta esculpe, pule, le quita lo accesorio para fundar una nueva corporalidad. El pasado puede ser una fuente viva (Andrei Rublev, La infancia de Iván).

-En el cine, el tiempo se presenta con la forma de un hecho al cual se le observa de manera sencilla e inmediata. Observación es el elemento fundamental. Aquí, Tarkovsky se aproxima a la forma literaria del haikú. El cine surge de la observación inmediata de la vida. “La imagen fílmica es en esencia la observación de un fenómeno inserto en el tiempo”. El observar ya presupone una selección y eso es lo que hace el cine, depurar y quedarse solo con lo que se requiere para la imagen cinematográfica. Dicha imagen debe vivir en el tiempo y el tiempo vivir en ella. Ninguno de los objetos que en ella aparecen, deben estar de una manera “muerta”, para no parecer símbolo de un tiempo inexistente.

  



CONSTRUCCIÓN DE SÍ

 -A diferencia del héroe y del humanismo exaltado en el cine del realismo socialista, Tarkovsky se detiene en figuras ambiguas que van construyendo una subjetividad desde sus propias fisuras. Su cine es una exaltación de lo que llama “el hombre débil”, seres que no se adaptan de manera pragmática a la existencia y por lo tanto, desde sus universos poblados de dudas emprenden un viaje interior motivado por interrogaciones filosóficas esenciales. Son hombres que buscan vencer algo, que son fieles a una idea, que buscan respuestas con miras a comprender la realidad. Son sus conflictos los que lo llevan a una mayor comprensión de su experiencia espiritual. “La debilidad es poder y la fuerza no es nada”, podría resumir la idea de construcción de si en Tarkovsky.

-Personajes en búsqueda. Se requiere construir la propia experiencia, no es algo que se pueda heredar. La construcción de subjetividad es un proceso individual en el que claro, se cruza con los otros, pero que no se parte desde ese afuera. “Solo mediante la experiencia personal entendemos la vida”, dice Tarkovsky. Andrei Rublyov veía el mundo a través de los ojos de su maestro, pero estaba en desacuerdo con él y solo al final de su vida pudo vivir a su manera.

-El arte enriquece las potencialidades espirituales del hombre y puede, de esta manera, elevarse por encima de sí. Esos seres que se buscan en sus filmes, realizan algo análogo al trabajo del artista cuando tienen fe en sí mismos y hacen que lo infinito sea perceptible.

  



CREACIÓN Y POÉTICA (Esculpir en el tiempo)

 -Un artista nunca trabaja bajo condiciones ideales (si ellas existieran, el trabajo del artista no existiría). El artista no vive en el vacío. Existe porque el mundo no es perfecto. El arte busca las relaciones armónicas entre los hombre, entre el arte y la vida, entre el tiempo y la historia.

-Antes de intentar conceptualizar el arte, habría que preguntarse sobre lo que representa la vida del hombre en la tierra, pues tal vez estemos aquí para enriquecernos espiritualmente y si así lo fuera, el arte sería un camino para ello. Contraría la idea de que el arte sirve para conocer el mundo, para vivirlo como una actividad intelectual. No lo ve como esa posibilidad de conocer. Tanto conocimiento estrecha el panorama.

-El arte busca transmitir una energía espiritual. La poética de la vida, he ahí la construcción de Tarkovsky. El arte surge y se desarrolla ahí donde hay ansia eterna, incansable de lo espiritual, de un ideal que hace que las personas se congreguen en torno al arte. Considera que el arte moderno ha entrado por una senda distinta, abjurando de la búsqueda del sentido de la vida.

-“el arte siempre ha sido un arma en la lucha del hombre contra la materia, que amenaza con devorar su espíritu (…) El arte ha dado figura a lo ideal y ha aportado así un ejemplo del equilibrio entre lo ético y lo material (…) El arte ha expresado el ansia de armonía de la persona y su disposición a luchar consigo mismo para establecer en el interior de su persona el ansiado equilibrio entre lo material y lo espiritual. Si el arte expresa lo ideal y el ansia de lo infinito, no puede servir a fines pragmáticos sin arriesgarse a perder su autonomía”[1].

-“Cuando un artista crea su imagen, está asimismo superando su pensamiento, que es una nada en comparación con la imagen del mundo captada emocionalmente, imagen que para él es una revelación. Pues el pensamiento es efímero, y la imagen, absoluta. Por eso se puede hablar de un paralelismo entre la impresión que recibe una persona espiritualmente sensible y una experiencia exclusivamente religiosa. El arte incide sobre todo en el alma de la persona y conforma su estructura espiritual”[2].

-“La determinación funcional del arte no se da en despertar pensamientos, transmitir ideas o servir de ejemplo. La finalidad del arte consiste más bien en preparar al hombre para la muerte, conmoverle en su interioridad más profunda”.

-Los grandes directores (cine de autor) son poetas, y lo son porque crean su propio mundo, no porque intenten reproducirlo tal como es en la realidad.

  

EL MISTERIO, LO SECRETO, ESPIRITUALIDAD

 -Para mí el cine es un misterio, decía Tarkovsky, como cualquier otra forma de arte. El cine puede alcanzar una especie de esencia espiritual.

-El cine de Tarkovsky reintegra al mundo de lo sagrado lo que persiste después de la desolación y el horror cotidianos.

-Aprender a amar la soledad, a no aburrirse con uno mismo.

-“La imagen es algo que no se puede recoger y mucho menos estructurar. Se basa en el mismo mundo material que a la vez expresa. Y si éste es un mundo misterioso, también la imagen de él será misteriosa. La imagen es una ecuación determinada que expresa la relación recíproca entre la verdad y nuestra conciencia, limitada al espacio euclídeo. Independientemente de que no podamos percibir el universo en su totalidad, la imagen es capaz de expresar esa totalidad”.

-Hay una apuesta por reintegrar en el hombre la armonía entre materialismo y espiritualidad. Para ello se requiere del espectador una participación-contemplación.

-Este mundo no ha sido creado para ser feliz, ha sido creado para luchar, para que el bien y el mal luchen en nuestro interior y así podamos fortalecernos espiritualmente.

-“El pensamiento es efímero, la imagen absoluta”.

 



Imágenes tomadas de la circulación libre en la red.

 



[1] Tarkovsky, Andrey, Esculpir en el tiempo, Ediciones Rialp, Madrid, 1996

[2] Tarkovsky, Andrey, Ibídem, p.64


4/15/2013

Deleuze y la imagen cinematográfica



Desde un plano estrictamente filosófico, Deleuze nos entrega, el que consideramos más profundo análisis, sobre la imagen constitutiva del cine, algo que estaba en mora de realizar la filosofía. Parte del planteamiento que “como la filosofía, el cine es más una cuestión de geografías que de historias”. Está circunscrito a determinadas culturas, entre las cuales hay “cruces, fronteras y puentes” que definen unas intensidades y unas tensiones – tensión entendida como “el acto de generación de una conexión, de una relación inesperada” –. Lo primero que hace Deleuze para aproximarse a la imagen cinematográfica es retomar los estudios de Henri Bergson sobre la imagen, la memoria, la conciencia, la materia y el movimiento. Bergson inicia diciendo: “Lo que hay son imágenes-movimiento (en continua variación) como unidades de la experiencia”. Las imágenes-movimiento son el universo (que es un conjunto ilimitado). “La imagen es lo que aparece”, es estremecimiento, es vibración. El universo de Bergson es un universo poblado de imágenes (imágenes en sí mismas y para ellas mismas), es decir, un plano de inmanencia16 que no requiere una mirada humana para su existencia (materialismo puro).

En el plano de materia (plano de inmanencia) que vislumbra Bergson, la Imagen=movimiento=materia=luz. Hay tres caracteres que pueblan ese plano: 1. “es el conjunto infinito de las imágenes-movimiento, en tanto que reaccionan las unas sobre las otras sobre todas sus caras y en todas sus partes”; 2. “Ese plano es también la colección infinita, o el trazo infinito, de las líneas o figuras de la luz”, las cuales no son rígidas ni geométricas (éstas aún no existen); 3. Es necesario introducir el tiempo, puesto que “luz y tiempo se implican”. Ese plano también está compuesto por bloques de espacio-tiempo. Para Bergson, el plano de materia era un corte instantáneo en el devenir en general (hasta aquí, este plano se consideraría como inmóvil, pero en el III Capítulo de Materia y Memoria, dice que ese plano es transversal, lo que claramente implica tiempo). Así que Deleuze va más allá y dice que ese corte, si existe, viene a ser generado por el cine, y que además, es un corte móvil. “El plano de inmanencia es un corte móvil” del devenir, es un “movimiento de traslación en el espacio”. Lo que cambia permanentemente es el devenir y el devenir es el Todo (lo abierto).
En el plano de materia, además de movimiento, también hay intervalos de movimiento (que definen un movimiento recibido y un movimiento ejecutado). Allí es donde se instala la teoría del Cine-ojo. Esos intervalos producen imágenes-vivientes. El mecanismo es el siguiente: hay un tipo de imágenes que actúan y reaccionan sobre todas sus caras y en todas sus partes; pero hay, además, las imágenes-vivas que surgen en el intervalo, en la desviación; en ellas, solo se recibe la acción en una de sus caras o partes y reacciona también con una sola de sus caras o partes (Deleuze las llama imágenes-descuartizadas). Las imágenes-vivientes son “centros de indeterminación” dentro del universo acentrado de las imágenes-movimiento. La manera como se recoge este movimiento (por medio de un encuadre) es la percepción (una forma limitada, subjetiva en la que se concentra la atención). La más activa de las imágenes-vivientes es el cerebro (una imagen más entre otras), una imagen-movimiento especial que produce un máximo desvío entre el movimiento recibido y el ejecutado, mediante el siguiente movimiento: 1. Aísla la acción que sufre y se adelanta a la acción que sufre 2. Puesto que con lo anterior, se genera un desvío, entonces se presenta una acción retardada, que es una acción nueva, libre de la reacción a la acción sufrida.

Ahora bien, el segundo movimiento de las imágenes-vivientes va dirigido al reflejo de la luz. Retomando el segundo carácter de las imágenes, volvemos a hablar de la luz, que ya existía pero que carecía de una pantalla oscura donde pudiera reflejarse, es decir, de una imagen-viviente. Si pensamos como antaño, que la conciencia era la luz, continuamos dando pasos de ciego, pues lo que, podemos decir, a partir de Bergson, es que la luz es la materia y la conciencia es la pantalla oscura que refleja la luz. La luz existe por sí misma, sin tener que revelarse, sin tener que recurrir a algo para que aclare las cosas. La psicología del siglo XIX presentaba una crisis por dos motivos: mantener las imágenes en la conciencia y los movimientos en el cuerpo, de tal suerte que había una dualidad separadora. Entre tanto, la fenomenología decía: “toda conciencia es conciencia de algo”, es decir, en vez de ubicar la luz en el mundo interior, la vertía al exterior (como si la intención de la conciencia fuese el rayo de una bombilla de luz eléctrica) pero aún no le daba el carácter de inmanente. Por su parte, Bergson dice: “Toda conciencia es algo”, es decir, existe por sí misma sin necesidad de ser alumbrada; además, se aproxima a la cosa, a la imagen de luz (que es un plano materia)
Teniendo en cuenta que el plano y el cuadro constituyen la imagen cinematográfica, Deleuze llega a decirnos que “El plano es la imagen-movimiento”17, al relacionar el movimiento con un todo que cambia, es decir, al producir un corte móvil de una duración – los planos constitutivos del cine, los  consideraba Metz como “sintagmas”, Pasolini como “cinemas”, Bellour como “segmentos” y Jakobson como “objetos-signos” –. Mientras se mantuvo la cámara fija no había imágenes-movimiento, se estaba en movimiento, pero no más. Esto coincide con la característica bergsoniana del corte inmóvil (donde hablamos puramente de espacio). También ayudó a la constitución de la imagen-movimiento, el montaje, al extraer el movimiento de los personajes (mediante un raccord de planos). La continuidad de la secuencia imagen-plano se complementa con el montaje. “El montaje es esa operación que recae sobre las imágenes-movimiento para desprender de ellas el todo, la idea, es decir, la imagen del tiempo”18.
Deleuze, al hablar de imágenes-movimiento, define tres tipos de imágenes subjetivas: imagen-acción, imagen-percepción, imagen-afección.
En primer momento, tomamos la imagen-percepción, la cual podría encontrar su equivalente en la “subjetiva indirecta libre” de Pasolini (algo así como “una reflexión de la imagen en una conciencia de sí-cámara”). La imagen-percepción se vincula o tiene su grado de expresión en el pensamiento de una conciencia-cámara. Es lo que nos propone Vertov, una imagen-percepción que genera una nueva conciencia (la cual, obviamente, estaba unida al proyecto de una nueva sociedad). En Vertov se va más allá de la percepción humana y se ubica una nueva percepción de la máquina cine-ojo, una percepción pura (como es la materia). Es decir, el cine como “disposición maquinística de las imágenes-materia”. También es el caso de la aprehensión de la imagen como un Todo, como movimiento absoluto, cuando la superposición de las imágenes (en Napoleón de Gance) no nos permite diferenciarlas y se rebasan los límites de la imaginación por la percepción (de aquel Todo). La percepción es uno de los costados de la desviación, la acción es el otro. En la percepción, la desviación se acerca al centro de indeterminación y lo rodea (describe una curvatura). La acción viene a ser la reacción retardada del centro de indeterminación. Percepción y acción están definidas por mecanismos sensorio-motrices. Se pasa de la percepción a la acción, pero en el intervalo también hay un intermedio, que fulge entre las caras-límite de percepción y acción. Ahí es donde se ubica la afección (pero no para llenar ese intermedio), surge en el centro de indeterminación (sujeto) “entre una percepción en ciertos sentidos perturbadora y una acción valiente”19.

Para aproximarnos a otro tipo de imagen, la imagen-afección, es preciso tener en cuenta que hay dos polos del afecto (potencia y cualidad). El rostro (imagen-afección) pasa necesariamente del uno al otro de acuerdo a la situación. En el primer plano, no es que se sustraiga el rostro como un objeto parcial, tal como lo creyeron el psicoanálisis (al decir que era una imagen del inconsciente) y la lingüística (que cree encontrar en la imagen una estructura del lenguaje). Lo que realmente sucede es que el rostro sigue integrado pero se “abstrae de todas las coordenadas espacio-temporales”20 para adquirir las condiciones de Entidad. Pero, además de la supresión del rostro a la dimensión espacio-temporal, también se puede crear un espacio afectivo (el cual ya no está determinado por unas coordenadas fijas sino que está instalado en lo abierto, como la potencia del espíritu) – Lo anterior también es válido para los primeros planos de otras partes o de objetos, que pueden indicar, por ejemplo, lo cortante, lo afilado –. En la afección las cosas adquieren su dimensión pura, tal como son en sí mismas, pura potencia. La imagen-afección, se ubica en el intervalo entre la percepción y la acción. Surge en el centro de indeterminación (que es el sujeto). El sujeto, ahora, se percibe a sí mismo, se siente por dentro. De esta forma, se absorbe – más no se refleja – un movimiento determinado por parte de la cara no especializada (la que aún no ha sido utilizada). La respuesta que se da es como una tendencia, como una cualidad. Tal cual como definía Bergson la afección: “una especie de tendencia motriz sobre un nervio sensible”. Dicho nervio sensible actúa como una placa receptiva inmovilizada. En suma, lo que la imagen-afección logra, es confirmar el paso de un movimiento de traslación a un movimiento de expresión, a través del rostro que trasluce los mundos interiores, es ahí cuando aparece el afecto (lo novedoso del arte).
Cuando hablamos de imagen-acción entramos (las cualidades y las potencias) en terrenos  de espacio-tiempo determinados, geográficos e históricos. Por su parte, las pulsiones y los afectos se encuentran en comportamientos (como pasiones o emociones) ordenados o trastornados. En otras palabras, nos aproximamos al Realismo. En ella hay dos polos: lo orgánico (estructura) y lo funcional y activo. Asimismo, tiene dos formas de expresión: la gran forma SAS’ (Situación – Acción – Situación transformada) sigue un tránsito de espiral, mientras que la pequeña forma ASA’ describe una acción elíptica, donde La acción revela una situación aún no dada (como en la comedia de costumbres).
Recapitulando un poco, podemos decir que en una película coexisten los tres tipos de imagen pero siempre hay predominio de alguna de ellas. Tanto la imagen-percepción como la imagen-acción son inseparables. No sucede lo mismo con la imagen-afección, que es más bien escasa. La composición orgánica del filme (dada por el montaje) nos produce imágenes-movimiento y la especificidad según las normas sensoriomotoras nos lleva a imágenes-acción, imágenes-percepción e imágenes-afección.
En su segundo libro sobre la imagen cinematográfica, Deleuze nos introduce en la dimensión temporal (imagen-tiempo), teniendo como punto de partida la variación que supone el neorrealismo. Es decir, cuando la obra deja de estar concebida como un instrumento para la mera mostración y se rebasa la representación directa de una realidad – el reflejo especular que había perseguido el cine de la tradición clásica – para proponer un movimiento (necesario) al pensamiento. En el neorrealismo no se apunta hacia una representación o reproducción de lo real sino que se dirige a ello. No se centra en lo real ya descifrado sino que lo plantea como un escenario para descifrar. De esta manera, se hace imprescindible la apertura hacia un replanteamiento y búsqueda de nuevos signos desde el mecanismo del pensamiento. Lo que se busca no es una nueva forma o contenido, más bien se pretende generar una revolución en lo mental. En estos nuevos filmes nos encontramos ante imágenes ópticas y sonoras puras21. Deleuze identifica que con el neorrealismo, se rompe con los vínculos sensoriomotores (expresado en las nuevas temáticas del vagabundaje, de los acontecimientos sueltos, de las errancias) y se introducen tiempos muertos, espacios vacíos, naturalezas muertas. En la nueva imagen-tiempo, se da un paso de la imagen sensorio-motriz que percibía el espectador en la acción del personaje, a la imagen-afección (“lo que ocupa la desviación entre una acción y una reacción, lo que absorbe una acción exterior y reacciona por dentro”). Ahora el personaje está como un espectador desinstalado, sin una acción de respuesta a los hechos por más que trate de encontrarla. El personaje se presenta como alguien que registra una situación no como alguien que reacciona ante esa situación. El personaje cambia la acción por la visión, pasa a ser un visionario. “Es un cine de vidente, no es un cine de acción”. La acción apenas flota, es superficial; no está para completar ni para centrar la situación. Hay un cambio en la noción de situación: de lo orgánico (estructurado) se pasa a lo mutable. Por lo tanto, lo más importante no es qué tipo de historia se cuenta sino qué tipo de personajes están involucrados en el trabajo. Para el espectador, ahora el problema es qué es lo que ve en la imagen, no lo que se va a ver en la imagen siguiente. Asimismo, los objetos y los medios ya no tienen una realidad propia, sino que adquieren autonomía o sea valor material por sí mismos. Se debilita la separación entre lo subjetivo y lo objetivo cuando la situación óptica reemplaza a la situación motriz. Hay un juego indeterminable, más laxo, más abocado a la ensoñación, que genera una especie de relación onírica, en la cual los sentidos liberados pueden establecer sus propias relaciones.

El tiempo como curso (continuidad) surge de la imagen-movimiento o de los planos sucesivos, donde se nos da una imagen indirecta del tiempo; y como unidad total, es determinado por el montaje. En la imagen-tiempo, el movimiento se subordina al tiempo para darnos una imagen directa del tiempo. Entonces, ahí es cuando podemos hablar de cine moderno, el cual parte del cuestionamiento sobre las nuevas fuerzas que producen la imagen y los nuevos signos que llenan la pantalla22. Esto tiene que ver en parte con la búsqueda de Rossellini, quien al reconocer que la imagen era preponderante en nuestra civilización, no dejaba de preguntarse si en verdad la utilizábamos de acuerdo a su importancia. De ahí que la mayor motivación que mantuvo a lo largo de su obra fue darle vida a la “imagen esencial”, aquella que era capaz de sintetizar todo un conocimiento. Por esa razón, buscaba la inocencia de la mirada primera, como un niño que se acerca por primera vez a una imagen. Su deseo de mostrar la propia experiencia de encuentro con la realidad era un intento de volver a lo esencial del cine: “Si pudiésemos volver directamente a aquella que fue, para todos los seres humanos, la imagen anterior al desarrollo de la palabra, las imágenes tendrían un valor muy distinto. Con las imágenes se revela todo, se comprende todo. El problema radica en cómo desembarazarse de un sistema puramente verbal. Podemos teorizar lo que queramos, pero en la práctica siempre hacemos ilustraciones de un proceso mental que es puramente verbal. Si conseguimos desembarazarnos de todo esto, probablemente encontraremos una imagen que sea esencial”.
Siguiendo con la clasificación que hace Deleuze, la cual no termina ahí, sino que continúa ampliándose más y más para desentrañar las capas del pasado y su relación con el presente de la imagen, encontramos que ahora nos habla de imágenes-recuerdo, las cuales, aún están determinadas por la percepción que las precede (pasado) pero se insertan en la variación (imagen-acción e imagen-percepción) definiendo una nueva subjetividad (material y temporal) que se añade a la materia. El recuerdo es una imagen virtual que se actualiza en una imagen-percepción. Este tipo de imagen hace referencia a las aseveraciones de Bergson cuando nos dice que estamos constituidos de memoria, “somos a la vez la infancia, la adolescencia, la vejez y la madurez” y la diferencia sólo pasa por lo que está en estado virtual o en estado actual23. La clasificación continúa con la imagen-sueño, teniendo en cuenta que en el sueño las percepciones del durmiente permanecen de una forma difusa (como sensaciones actuales, exteriores e interiores) no captadas por sí mismas y ajenas a la conciencia. Asimismo, la imagen virtual que se actualiza lo hace en otra imagen que sería virtual, la cual a su vez también lo hace en una tercera y así sucesivamente hasta el infinito. Con el sueño, pues, se traza un vasto circuito (como ejemplos, los filmes vinculados con el surrealismo, los musicales, el burlesco, entre otros). Finalmente, Deleuze llega a la mayor expresión de la imagen temporal, la imagen cristal, que está conformada por dos caras (actual y virtual) las cuales están cristalizadas, y por lo tanto, nos conducen a la indiscernibilidad. Su carácter objetivo es la indiscernibilidad. El cristal es expresión. Sucede cuando la materia y el espíritu buscan algo más allá donde reflejarse, de forma titubeante, libre. El cine se refleja en otra expresión artística o, incluso, dentro de sí mismo. La imagen-cristal es la unidad indivisible de una imagen actual y de su imagen virtual. Es ahí donde aparece el cine de vidente, en el cual vemos brotar el tiempo a través del cristal, como desdoblamiento, como escisión (en presente y pasado, integrado), no de forma cronológica. En el cristal se ve el tiempo en estado puro, que brota al mismo tiempo que la vida. Según Bergson (coincidiendo con Kant), nosotros somos interiores al tiempo, no es que el tiempo esté en nuestro interior. “El tiempo hace parte del presente y conserva en sí el pasado”. Igualmente, la memoria tampoco está en nosotros, somos nosotros quienes nos movemos en una memoria-Ser (que a su vez es una memoria-mundo).
Es importante tener en cuenta que al hablar de la imagen, Deleuze no olvida el estudio de la imagen-sonora, aquella que se da cuando lo sonoro alcanza el estatuto de imagen y puede coexistir sin subordinación a la imagen visual. Posteriormente, cuando cada una de esas imágenes alcanza su límite, también definen un límite que les es común. El límite que las separa, a la vez las vincula, logrando separarlas, es decir, el límite de cada una es lo que la relaciona con la otra (una “relación indirecta libre”).
Como podemos ver, todo el estudio de Deleuze apunta hacia el establecimiento de una nueva forma de relación con el cine, una forma transformadora, reflexiva, que nos lleve a nuevas experiencias del pensamiento, pues el cine ha podido liberar el movimiento, por hacer parte de las imágenes materiales (inmanentes) que no dependen de la mirada (subjetividad) humana. Claro está, que no ha prescindido de las imágenes producidas por la subjetividad (acción, percepción, afección), las cuales son acogidas pero ampliadas por la posibilidad de apreciar la materialidad de las imágenes-movimiento y de ascender hacia dimensiones temporales (incluso espirituales)24. Cuando “el filme comienza a vaciarse de acciones para llenarse de pensamientos” es que se empieza a hablar de Cine-pensamiento (paso de la imagen-acción a la imagen-pensamiento), pudiendo ubicar en esta relación, tres momentos: 1. De la imagen al pensamiento, motivado por el choque de las imágenes (entre sí o en su interior). El choque incide sobre el espíritu y lo fuerza a pensar, y a pensar el Todo; 2. Del pensamiento a la imagen, cuando se retoma la “plenitud emocional”, la pasión del proceso intelectual; 3. Identidad del concepto y la imagen, teniendo en cuenta que “el concepto está en sí mismo en la imagen, la imagen está para sí misma en el concepto”25, lo que determina la relación mundo-hombre y Naturaleza-pensamiento. Una buena muestra del cine-pensamiento lo encontramos en la obra de Resnais, la cual logra configurar imágenes-pensamiento, pues los personajes son pensadores, seres del pensamiento. Cada frase que pronuncian está cargada de preocupaciones por indagar sobre la dinámica de la memoria que divaga en el tiempo. En todo el cine de Resnais nos sumergimos en el tiempo, en una memoria profunda del mundo que explora directamente el tiempo y que alcanza en el pasado lo que se sustrae al recuerdo. De esta forma, queda subordinada la imagen-recuerdo por la imagen-tiempo en estado puro. El tiempo real es fracturado por el tempo cinematográfico. Los constantes travellings sirven para comprimir o dilatar el tiempo, tiempo que incide directamente en las categorías mentales26.
En otro sentido, Godard también nos acerca al mundo del cine-pensamiento, pues para él, el cine es un instrumento del pensamiento que pone en movimiento las representaciones previas al acto de creación. Es decir, propone una dinámica del “pienso luego veo”, tras hacer consciencia de que el cinematógrafo nunca ha querido producir un acontecimiento sino en primer lugar una visión, y, entonces, es cuando se pregunta y se responde “¿Qué es el cine? Nada ¿Qué quiere? Todo ¿Qué puede? Algo… de lo absoluto… de las tinieblas”; y luego continúa, el cine no es ni arte ni técnica, sino un misterio27. En fin, frente al cine de Godard es preciso recordar lo que nos decía Pasolini: “la poética de Godard es ontológica y se llama cine”28.

Notas

16)   El plano de inmanencia “es el mismo y solo él mismo. No está en ninguna cosa ni pertenece a ninguna cosa. No depende de un objeto ni pertenece a un sujeto (…) Pura corriente de conciencia a-subjetiva, conciencia pre-reflexiva impersonal, duración cualitativa de la conciencia sin yo (…) La pura inmanencia es UNA VIDA y nada más” (Texto tomado de la página web: http://antroposmoderno.com)
17)   Gilles Deleuze, La imagen-movimiento Estudios sobre cine 1, ediciones Paidós Ibérica, S.A.. Barcelona, 1984, pág. 41
18)   Deleuze, ibídem, pág. 51
19)   Deleuze, ibídem, pág. 100
20)   Balazs citado por Deleuze, ibídem, pág. 142
21)   A esas situaciones ópticas y sonoras puras, Deleuze las llama Opsignos y Sonsignos, las cuales son como determinantes fijos que evocan un estado puro del sujeto, y que no le dejan la opción de representar una elocuencia motora. Son “imágenes ópticas y sonoras puras que rompen los lazos sensorio-motores, que desbordan las relaciones y ya no se dejan expresar en términos de movimiento, sino que se abren directamente al tiempo”.
22)   Es importante recordar lo que nos dice Deleuze: “Un tópico es una imagen sensoriomotríz de la cosa”. Y si seguimos a Bergson en lo que nos dice sobre la percepción: que nunca percibimos la cosa de forma total, sino en partes, de acuerdo al interés que nos mueve, entonces se hace evidente la posición deleuziana que nos dice que vivimos en un “Civilización del tópico y no de la imagen”. Los poderes lo que buscan es ocultarnos la imagen.
23)   “Percibir consiste en condensar los periodos enormes de una existencia infinitamente diluida en algunos momentos más diferenciados de una vida más intensa, y en resumir de este modo una historia muy larga. Percibir significa inmovilizar” “Mi percepción es completamente interior a mi”… “Toda percepción es ya memoria”. Henri Bergson, Memoria y vida, ediciones Altaya S.A., Barcelona, 1994, págs. 82-84
24)   Breve resumen hecho por Enrique Álvarez Asiáin en su texto, La imagen del pensamiento en Gilles Deleuze; Tensiones entre cine y filosofía, Revista Observaciones Filosóficas – No, 5/2007
25)  Deleuze, La imagen-tiempo Estudios sobre cine 2, ediciones Paidós Ibérica, S.A.. Barcelona, 1986, pág. 216
26)   La historia de Hiroshima mon amour, transcurre siempre en presente, ya que las capas del pasado coexisten en el presente, y las capas del presente, a su vez, buscan lo que aún queda vivo del pasado – Las escenas de Nevers, no son más que imágenes mentales de la protagonista –. En el filme, el raccord entre pasado y presente se establece a partir de una mano – hay un encadenamiento de la mano del amante japonés con la mano del amante alemán, muerto en Nevers, el mismo día de la explosión en Hiroshima –. La dialéctica entre el pasado y el presente también está delineada por el espacio y la duración. Las dos ciudades (Hiroshima y Nevers) se funden permanentemente y adquieren autonomía como seres vivos – al final, cada uno terminará llamándose con el nombre de cada ciudad –. Para ella, Hiroshima representa el final de la guerra, el miedo, y luego la indiferencia. Para él, Nevers es un punto cualquiera en la geografía de Francia, pero a ella, Nevers le sigue remitiendo a la locura y a la rabia intensificada hasta el odio. En este cine del cerebro que construye Resnais, los espacios son probabilísticos y topológicos, la duración es equivalente a la existencia y las sensaciones son como signos de la realidad, no como la realidad misma. Las ciudades están plenamente vinculadas, tienen relaciones fractales, están superpuestas. La transversalidad temporal junta dos espacios por medio de la memoria. Hiroshima y Nevers son puntos de referencia de dos culturas distantes pero próximas. Son espacios simbólicos que están unidos a la evolución psicológica de los personajes. Cada uno indaga el pasado del otro buscando elementos propios, mientras las imágenes fluyen por el interior de una habitación, el Museo de Hiroshima, las calles de la ciudad, y retornan al enclaustramiento de los cafés nocturnos y a las frías habitaciones de un hotel.
27)  Jean Luc Godard, en su filme Historia del cine
28)  Pier Paolo Pasolini, ibídem, pág. 253