4/15/2026

Alexander Kluge, al igual que el cine de papá, ha muerto

Gracias a la generosidad del autor, Gustavo Valencia Patiño, publicamos el siguiente texto, como un homenaje póstumo al gran director alemán Alexander Kluge


Por Gustavo Valencia Patiño

Esa era la frase final, impactante y llamativa con la que terminaba el famoso Manifiesto de Oberhausen de 1962, refiriéndose al cine de la inmediata postguerra y años subsiguientes y que sus jóvenes firmantes, no dudaban en renovarlo radicalmente. Uno de aquellos 26 noveles directores, era un joven escritor, con ideas muy avanzadas para su época, tanto en el plano ideopolítico como en el gremial. Se convierte rápidamente en la cabeza visible de aquel movimiento, más conocidos como el Grupo de Oberhausen, rótulo otorgado por la prensa, en cuanto que algunos más se unieron después de los iniciales y estos nuevos, muy activos, por cierto, y todos ellos bajo la conducción del brillante intelectual, humanista, escritor, abogado, director de cine y activista político: Alexander Kluge.

Así que, rápidamente, al convertirse en el impulsor y promotor de este grupo, que luego serán llamados, despectivamente, el “Joven cine alemán”, que dará paso más tarde, al muy conocido término “Nuevo cine alemán”, el cual ya estará en manos de la poderosa industria del cine germano, lo primero que hizo fue crear el Departamento de Cine en la Escuela de Diseño en la ciudad de Ulm. Posteriormente logra conseguir que el gobierno les otorgue una partida económica para financiar algunos largometrajes, los cuales se realizaron entre 1965 y 1966.

De todo este grupo, perdidos en el anonimato y caídos en el ostracismo, sólo se les recuerda y los del internet lo repiten hasta la saciedad, como los pioneros que, con la firma del Manifiesto, impulsaron el renacer de la industria fílmica y nada más. Lo cual visto en detalle es un mito y una gran falsedad, pues no es posible ni se puede creer, que un pequeño grupo de jóvenes directores con un reducido número de cortometrajes sean los que generen y desarrollen una vigorosa industria de cine como lo que sucedió por aquellos años con muchas firmas productoras germanas.

De hecho, la verdadera causa que sentó las bases financieras para que fuera posible el crecimiento y poderío de su industria fílmica, fue el cine porno alemán que con su extensa saga “Cuando las colegialas crecen” y muchas similares -finales de los sesentas y comienzos de los setentas-, invadió las pantallas del mundo entero, a la par que amasó una poderosa fortuna, también obtuvo los contactos internacionales, que la hizo tan famosa con la etiqueta de “nuevo cine alemán” durante los años setenta y ochenta.

Este jovencito Alexander Kluge antes del famoso Manifiesto de 1962, ya había filmado, conjuntamente con Peter Schamoni (otro de los firmantes, el cual en plena madurez, 2007, realiza uno de los mejores documentales que se han hecho sobre Botero y su obra, titulado “Botero – nacido en Medellín”), un corto en 1960 “Brutalidad en piedra” de gran factura visual sobre la arquitectura nazi, los grandes edificios y construcciones de aquel régimen, enfocados en diversos planos y ángulos que generan un gran efecto, impresionando por su incidencia y estrecha relación con aquella ideología.

Un corto que a nadie deja indiferente por su calidad fílmica y el particular contenido de apreciar la dictadura nacionalsocialista a través de sus monumentales creaciones. Hablar de todo ello a escasos 15 años de finalización de la guerra y cuando todo estaba, veladamente, bajo el control político de muchos exnazis , incrustados en las altas esferas del Poder, era más que una osadía y atrevimiento, era más bien una especie de inmolación pública y política, que recaía abiertamente en este insolente muchachito y que también alcanzaría a muchos de los de aquel Grupo de Oberhausen, pues la mayoría de ellos estaban decididos a denunciar todo lo que sucedía en verdad en la sociedad alemana de la reconstrucción, del denominado “milagro alemán”.

Ello explica la furia y saña con que fueron perseguidos y odiados por el régimen político de extrema derecha del momento, además de que, con su intento de renovar la industria fílmica, las grandes empresas del cine alemán también los combatió y les cerró las puertas a todo lo que tuviera que ver con el Grupo de Oberhausen. Normalmente se cree que existía una maravillosa relación entre aquel Grupo y la industria fílmica germana y que ésta producía todo lo que escribían y presentaban aquellos jóvenes directores. En realidad, fue todo lo contrario, nunca las grandes productoras los apoyaron, muy por el contrario, se opusieron a ellos de todas las formas posibles y en principio a su cabeza más visible, Alexander Kluge.

Cuando él en 1968 rodó “Los artistas bajo la carpa del circo: perplejos” una de sus más particulares obras y realizada en aquel año del fuerte movimiento estudiantil europeo, el film con su especial estilo fílmico, su crítica social, su fina ironía y la utopía de crear un circo muy peculiar, que finaliza con la corta secuencia en que un profesor universitario expresa su deseo de dictar un curso de latín por televisión, la industria del cine fue muy clara y muy expresa al decir que ese era el tipo de cine que NO se debía hacer.

Esto de atreverse a denunciar, aunque fuera discretamente, la existencia de poderosos exnazis en las altas esferas del poder de la Alemania de la postguerra, además de que las grandes industrias alemanas se habían enriquecido durante todo el régimen nazi, siempre significó una gran agitación política en un país que no quería que se hablara de la guerra y sus consecuencias, de una sociedad germana que se negaba a creer que fue cierto lo del Holocausto y otras atrocidades más y que había lavado su conciencia con el mediático y muy promocionado juicio de Núremberg (Ahora de nuevo el cine comercial lo ha vuelto a recordar y a mantener las mismas creencias de aquella vez).

Que de pronto unos atrevidos jóvenes directores de cine vinieran a remover y a enturbiar las aguas de un pozo estancado y maloliente llamado “milagro alemán”, era algo que no iban a permitir por ningún motivo y el ataque a su abanderado, Alexander Kluge, era la reacción inmediata. Así que su existencia y aparición no sólo como escritor sino como director de cine, a la vez que líder gremial y activo participante en la política cultural, fue polémica y controvertida, además de todas las acusaciones que recibió durante un largo período.

De hecho, hizo parte de una lista negra que nunca nadie admite, junto a directores “malditos” como Hans-Jürgen Syberberg, Jean-Marie Straub, Helmut Herbst y otros más, que fueron objeto de una gran campaña de atropello y desprestigio por parte de la industria fílmica y la prensa oficial, esta última siempre tan obediente a los designios ideológicos y políticos de sus propietarios. Mientras sucedían todas estas intrigas y acusaciones en su contra, en el mundo del cine internacional otra era y muy distinta, por cierto, la recepción y consideración de sus trabajos.

Su primer largometraje “Adiós al ayer”, también conocido como “Una muchacha sin historia”, recibió el León de Plata en el Festival de Venecia de 1966, época en la que este Festival era de una gran relevancia y prestigio, venido a menos con los años y que ahora, por fortuna, han tratado de volver a rescatar. Dos años más tarde, 1968, en este mismo Festival, se alza con el codiciado León de Oro con “Los artistas bajo la carpa del circo: perplejos”, el mismo que la industria de cine de su país tenía como ejemplo del cine que NO se debía hacer.

Este notorio contraste ilustra en buena medida la situación que vivió por un buen tiempo. Por suerte, las épocas fueron cambiando y en Alemania el clima político se hizo más tolerante, incrementado con la caída del muro y, por tanto, el rechazo público del que era objeto se fue convirtiendo, paulatinamente, en un reconocimiento muy merecido a su talento y prolífica obra en varios campos, por lo que las distinciones y premios no se hicieron esperar desde los años ochenta.

Mientras tanto, había continuado su carrera como el destacado intelectual que fue, escribiendo sobre varios tópicos, no sólo narrativa, sino también sobre política cultural, uno de sus fuertes y también, sobre cine y teoría aplicada, en especial, haciendo parte de cierta tendencia que sostiene la influencia sicológica que se puede ejercer sobre el espectador, tesis que comparte con el maestro soviético Serguei Eisenstein y a quien Kluge, muchos años después, en plena madurez y total lucidez, a los 76 años, realiza un monumental documental de nueve horas y media, en el que dedica un extenso tramo al genio ruso y a su fantástica intención que tenía de filmar “El Capital” de Karl Marx, al cual, de paso, también dedica una buena parte de este film, titulado “Noticias de la antigüedad ideológica: Marx/Eisenstein/El Capital” de 2008.

A la par de todo ello, siempre existió el activista y comprometido político que participaba en marchas, protestas y reuniones de diversa índole, en abierta oposición al extremismo de derecha en su país y en el exterior, y contra todo abuso de poder. Basta con un pequeño ejemplo, para explicar en parte su empeño y solidaridad con la lucha de otros sectores y países. Firmó en su momento con otros más, una carta internacional que exigía al gobierno colombiano de Turbay Ayala, la liberación del director de cine Carlos Álvarez (1943-2019), detenido, como se practicó durante su represivo gobierno, en las caballerizas del Cantón norte de Bogotá. Quien esto escribe fue interrogado por el mismo Kluge, tiempo después de aquel suceso, sobre cómo había terminado la situación. Se le pudo comentar que con Carlos todo había salido bien, más no así con Gabriela Samper, quien a consecuencia de todo el atropello y torturas de que fue víctima, había muerto dos años después de salir en libertad. Expresó su congoja por tan trágico final y también, que su solidaridad siempre estaría disponible en contra de toda represión y abuso gubernamental.

De su extensa y prolífica obra fílmica, mención especial merece el muy polémico y controvertido documental “Alemania en otoño”, filmado entre 1977 y 1978, cuando el clima político en Alemania se encontraba en uno de sus momentos más críticos a raíz del asesinato del poderoso magnate, propietario entre otras empresas de la Mercedes Benz y jefe del Sindicato patronal, a manos de un grupo terrorista, cuyos dos líderes se habían “suicidado” en prisión. Fue Kluge quien ideó y organizó que fuera un film colectivo en el que participaron varios directores, que, con sus cortometrajes y diversas miradas, exponían sus tesis sobre lo que se vivía en el momento (Fassbinder también fue invitado a participar y mientras los demás se esforzaban por presentar algo a la altura de las circunstancias, él se filmaba a sí mismo, completamente desnudo en su apartamento, inhalando cocaína y bebiendo alcohol).


Luego mantuvo Kluge dicho carácter colectivo para filmar “El candidato” en 1980 y posteriormente, entre 1982 y 1983 se realizó “Guerra y paz”, en total, una especial trilogía denominada “Ómnibus Film”, en la que se intentó explorar más a fondo los acontecimientos políticos y sociales de la nación alemana del momento. Aunque de las tres, la de mayor impacto y que aún se recuerda y se cita, fue la primera “Alemania en otoño”, tanto por los planteamientos expuestos, como por la coyuntura política tan tensa y aguda en esos meses.

Volviendo a su obra fílmica, posterior a sus dos primeros largometrajes, ya citados y premiados en el Festival de Venecia, realiza en 1973 “Trabajo ocasional para una esclava” y en 1976 “Ferdinando, el duro”, sus últimas películas de carácter convencional y luego de la trilogía “Ómnibus Film”, se va interesando por otro tipo de cine, con otra narrativa y complejidad, que entre ficción, documental y experimentación generan un capítulo muy particular y extenso de toda su filmografía. En 1979 con “La patriota”, una profesora de historia que rastrea en el pasado reciente alemán hasta llegar al presente de la Alemania federal, así entre ficción y documental, ya comienza a desarrollar su nuevo y particular estilo, en el que el medio fílmico le sirve de expresión de sus ideas políticas sobre el desarrollo y constitución de la nación germana de la actualidad.

Una y otra vez con diferentes motivos y diversos temas retorna y siempre de forma renovada, para exponer sus tesis políticas que sobra decir, igual encuentra muchos adeptos como también opositores. En otras ocasiones, combina su gusto por la ópera y la música, con temas más de carácter humanista que político como en “El ataque del presente al resto del tiempo” de 1985. Su variado estilo fílmico, su concepto de lo sicológico en el cine, su fertilidad en el paso del cine convencional a otro muy de su creatividad, entrega una gran obra fílmica que junto a la literaria y a la de sus postulados políticos, se convierten en el gran legado que deja para la posteridad. Alemania cultural pierde a uno de sus grandes y brillantes intelectuales, de los que ya no volverán a existir y menos ahora con la IA. 

Gustavo Valencia Patiño es sociólogo, crítico de cine, columnista, gestor cultural y experto en cine alemán.

Imágenes tomadas de la circulación libre en la red.


3/15/2026

Juan Guillermo Ramírez In Memoriam

 


Querido Juan Guillermo:

Aún, sin tomar plena conciencia de tu partida, apelo a lo más íntimo que quizás nos unía, tras la búsqueda infinita en las imágenes cinematográficas y literarias: el anhelo de poesía; pues tal como afirmó Buñuel: "el cine es ambición de poesía. La imagen cinematográfica anhela rasgar la médula del tiempo humano y sus formas". Por tal motivo, quiero despedirte con un recital, con el afecto de mis poemas para que te acompañen en este camino hacia la luz.


Artaud

 

Los ojos,

a veces le dan pausa a lo invisible.

 

Homero también lo sabía,

su épica había nacido del hastío.

 

 

Tarkovsky

 

Una fuerza inexistente impulsa

las fuerzas convergentes.

 

La imagen, también es lo que

existe por fuera de su encuadre.

  

 

Fassbinder

 

Los amantes se despiden…

 

y en sus bocas agobiadas

solo queda la certeza

del amor,

 

otra palabra marchita.

 

 

Fellini

 

Todos

los que vieron develar su frenética alegría

nunca se enteraron de la desazón

que a diario festejaba en su

inmensa noche interior.

 

 

XVIII

 

Regresa la mañana con la vida entre las manos.

 

Sospecho que su rostro iluminado es una invitación

a romper la inercia de las alas.

 

Puedo ver en sus cánticos laudatorios

la voz que permanece para alentar las caídas.

 

Tras el último insomnio, es urgente partir.

No conozco la ruta,

ni poseo medio de transporte, pero tengo abiertas las manos

y despiertos los sentidos desconocidos

 

para fugarme de mí mismo,

hacia la cima del ardoroso mediodía.

 

 

Ícaro en el vacío

 

Cuando la soledad inunda el vientre de las horas.

Cuando los rostros discurren solitarios en las calles con ojos insidiosos.

Cuando el aire saturado invoca el fragor de la inocencia.

 

Un instante para perderlo todo, para sentir el hastío de Dios.

Un instante con las alas rotas.

 

Como Ícaro en el vacío, sin noche a la espera de sus huesos, volvemos a llenar la copa del silencio con la voz apagada por las constantes fugas.

Ese gesto pueril de las palabras alentadas por el odio, se apodera de nuestra máscara y le confiere ritmo.

Despertamos en una galaxia envejecida – inundada por el dolor de los príncipes malditos – donde los cuerpos sin memoria, son condenados a muerte en la primavera de sus años azules.

– Música ondulante en el desierto carnívoro

es el eco de los suburbios que naufragan en la peste –.

 

Mas en el tiempo de la caída vislumbramos la ruta del ascenso.

Ahora, esperamos al otro lado de la luz, donde se cruzan todos los retornos y los abrazos acompañan la jornada interminable del sol.

 

  

De nuevo el éxodo

 

Como niños descubriendo el deseo en los senos de las madres muertas

aferrados a la turbia orilla de la ingratitud,

rompemos el abrazo del amigo

y desafiamos los misterios de la lluvia.

 

Oscuro mediodía,

apuntalado en el dolor que dejan las partidas.

 

 

Camaradas

 

Los que callaron cuando la soberbia inundaba

esas palabras que nos aferraban a las máscaras.

Los que marcharon a nuestro lado

en los caminos oscuros del precipicio.

Los que nos ofrecieron su lecho, su manta y su carreta a cambio de una sonrisa o de una delirante historia.

Los que alimentan la memoria en las frecuentes noches de insomnio.

Los que no apagan nunca su voz ni dan a torcer el brazo.

Los que en este desolado crepúsculo volvieron a visitar nuestro refugio

y a ofrendar por la vida

(nuestra eterna pregunta, nuestra esquiva respuesta).