Gracias a la generosidad del autor, Gustavo Valencia Patiño, publicamos el siguiente texto, como un homenaje póstumo al gran director alemán Alexander Kluge
Por Gustavo Valencia Patiño
Esa
era la frase final, impactante y llamativa con la que terminaba el famoso
Manifiesto de Oberhausen de 1962, refiriéndose al cine de la inmediata
postguerra y años subsiguientes y que sus jóvenes firmantes, no dudaban en
renovarlo radicalmente. Uno de aquellos 26 noveles directores, era un joven
escritor, con ideas muy avanzadas para su época, tanto en el plano ideopolítico
como en el gremial. Se convierte rápidamente en la cabeza visible de aquel
movimiento, más conocidos como el Grupo de Oberhausen, rótulo otorgado por la
prensa, en cuanto que algunos más se unieron después de los iniciales y estos
nuevos, muy activos, por cierto, y todos ellos bajo la conducción del brillante
intelectual, humanista, escritor, abogado, director de cine y activista
político: Alexander Kluge.
Así
que, rápidamente, al convertirse en el impulsor y promotor de este grupo, que
luego serán llamados, despectivamente, el “Joven cine alemán”, que dará paso
más tarde, al muy conocido término “Nuevo cine alemán”, el cual ya estará en
manos de la poderosa industria del cine germano, lo primero que hizo fue crear
el Departamento de Cine en la Escuela de Diseño en la ciudad de Ulm.
Posteriormente logra conseguir que el gobierno les otorgue una partida
económica para financiar algunos largometrajes, los cuales se realizaron entre
1965 y 1966.
De
todo este grupo, perdidos en el anonimato y caídos en el ostracismo, sólo se
les recuerda y los del internet lo repiten hasta la saciedad, como los pioneros
que, con la firma del Manifiesto, impulsaron el renacer de la industria fílmica
y nada más. Lo cual visto en detalle es un mito y una gran falsedad, pues no es
posible ni se puede creer, que un pequeño grupo de jóvenes directores con un
reducido número de cortometrajes sean los que generen y desarrollen una
vigorosa industria de cine como lo que sucedió por aquellos años con muchas
firmas productoras germanas.
De
hecho, la verdadera causa que sentó las bases financieras para que fuera
posible el crecimiento y poderío de su industria fílmica, fue el cine porno
alemán que con su extensa saga “Cuando las colegialas crecen” y muchas
similares -finales de los sesentas y comienzos de los setentas-, invadió las
pantallas del mundo entero, a la par que amasó una poderosa fortuna, también obtuvo
los contactos internacionales, que la hizo tan famosa con la etiqueta de “nuevo
cine alemán” durante los años setenta y ochenta.
Este
jovencito Alexander Kluge antes del famoso Manifiesto de 1962, ya había
filmado, conjuntamente con Peter Schamoni (otro de los firmantes, el cual en
plena madurez, 2007, realiza uno de los mejores documentales que se han hecho
sobre Botero y su obra, titulado “Botero – nacido en Medellín”), un corto en
1960 “Brutalidad en piedra” de gran factura visual sobre la arquitectura nazi,
los grandes edificios y construcciones de aquel régimen, enfocados en diversos
planos y ángulos que generan un gran efecto, impresionando por su incidencia y
estrecha relación con aquella ideología.
Un
corto que a nadie deja indiferente por su calidad fílmica y el particular
contenido de apreciar la dictadura nacionalsocialista a través de sus
monumentales creaciones. Hablar de todo ello a escasos 15 años de finalización
de la guerra y cuando todo estaba, veladamente, bajo el control político de
muchos exnazis , incrustados en las altas esferas del Poder, era más que una
osadía y atrevimiento, era más bien una especie de inmolación pública y
política, que recaía abiertamente en este insolente muchachito y que también
alcanzaría a muchos de los de aquel Grupo de Oberhausen, pues la mayoría de
ellos estaban decididos a denunciar todo lo que sucedía en verdad en la
sociedad alemana de la reconstrucción, del denominado “milagro alemán”.
Ello
explica la furia y saña con que fueron perseguidos y odiados por el régimen
político de extrema derecha del momento, además de que, con su intento de
renovar la industria fílmica, las grandes empresas del cine alemán también los
combatió y les cerró las puertas a todo lo que tuviera que ver con el Grupo de
Oberhausen. Normalmente se cree que existía una maravillosa relación entre
aquel Grupo y la industria fílmica germana y que ésta producía todo lo que
escribían y presentaban aquellos jóvenes directores. En realidad, fue todo lo
contrario, nunca las grandes productoras los apoyaron, muy por el contrario, se
opusieron a ellos de todas las formas posibles y en principio a su cabeza más
visible, Alexander Kluge.
Cuando
él en 1968 rodó “Los artistas bajo la carpa del circo: perplejos” una de sus
más particulares obras y realizada en aquel año del fuerte movimiento
estudiantil europeo, el film con su especial estilo fílmico, su crítica social,
su fina ironía y la utopía de crear un circo muy peculiar, que finaliza con la
corta secuencia en que un profesor universitario expresa su deseo de dictar un
curso de latín por televisión, la industria del cine fue muy clara y muy
expresa al decir que ese era el tipo de cine que NO se debía hacer.
Esto
de atreverse a denunciar, aunque fuera discretamente, la existencia de
poderosos exnazis en las altas esferas del poder de la Alemania de la
postguerra, además de que las grandes industrias alemanas se habían enriquecido
durante todo el régimen nazi, siempre significó una gran agitación política en
un país que no quería que se hablara de la guerra y sus consecuencias, de una
sociedad germana que se negaba a creer que fue cierto lo del Holocausto y otras
atrocidades más y que había lavado su conciencia con el mediático y muy
promocionado juicio de Núremberg (Ahora de nuevo el cine comercial lo ha vuelto
a recordar y a mantener las mismas creencias de aquella vez).
Que de
pronto unos atrevidos jóvenes directores de cine vinieran a remover y a
enturbiar las aguas de un pozo estancado y maloliente llamado “milagro alemán”,
era algo que no iban a permitir por ningún motivo y el ataque a su abanderado,
Alexander Kluge, era la reacción inmediata. Así que su existencia y aparición
no sólo como escritor sino como director de cine, a la vez que líder gremial y
activo participante en la política cultural, fue polémica y controvertida,
además de todas las acusaciones que recibió durante un largo período.
De
hecho, hizo parte de una lista negra que nunca nadie admite, junto a directores
“malditos” como Hans-Jürgen Syberberg, Jean-Marie Straub, Helmut Herbst y otros
más, que fueron objeto de una gran campaña de atropello y desprestigio por
parte de la industria fílmica y la prensa oficial, esta última siempre tan
obediente a los designios ideológicos y políticos de sus propietarios. Mientras
sucedían todas estas intrigas y acusaciones en su contra, en el mundo del cine
internacional otra era y muy distinta, por cierto, la recepción y consideración
de sus trabajos.
Su
primer largometraje “Adiós al ayer”, también conocido como “Una muchacha sin
historia”, recibió el León de Plata en el Festival de Venecia de 1966, época en
la que este Festival era de una gran relevancia y prestigio, venido a menos con
los años y que ahora, por fortuna, han tratado de volver a rescatar. Dos años
más tarde, 1968, en este mismo Festival, se alza con el codiciado León de Oro
con “Los artistas bajo la carpa del circo: perplejos”, el mismo que la industria
de cine de su país tenía como ejemplo del cine que NO se debía hacer.
Este
notorio contraste ilustra en buena medida la situación que vivió por un buen
tiempo. Por suerte, las épocas fueron cambiando y en Alemania el clima político
se hizo más tolerante, incrementado con la caída del muro y, por tanto, el
rechazo público del que era objeto se fue convirtiendo, paulatinamente, en un
reconocimiento muy merecido a su talento y prolífica obra en varios campos, por
lo que las distinciones y premios no se hicieron esperar desde los años
ochenta.
Mientras tanto, había continuado su carrera como el destacado intelectual que fue, escribiendo sobre varios tópicos, no sólo narrativa, sino también sobre política cultural, uno de sus fuertes y también, sobre cine y teoría aplicada, en especial, haciendo parte de cierta tendencia que sostiene la influencia sicológica que se puede ejercer sobre el espectador, tesis que comparte con el maestro soviético Serguei Eisenstein y a quien Kluge, muchos años después, en plena madurez y total lucidez, a los 76 años, realiza un monumental documental de nueve horas y media, en el que dedica un extenso tramo al genio ruso y a su fantástica intención que tenía de filmar “El Capital” de Karl Marx, al cual, de paso, también dedica una buena parte de este film, titulado “Noticias de la antigüedad ideológica: Marx/Eisenstein/El Capital” de 2008.
A la
par de todo ello, siempre existió el activista y comprometido político que
participaba en marchas, protestas y reuniones de diversa índole, en abierta
oposición al extremismo de derecha en su país y en el exterior, y contra todo
abuso de poder. Basta con un pequeño ejemplo, para explicar en parte su empeño
y solidaridad con la lucha de otros sectores y países. Firmó en su momento con
otros más, una carta internacional que exigía al gobierno colombiano de Turbay
Ayala, la liberación del director de cine Carlos Álvarez (1943-2019), detenido,
como se practicó durante su represivo gobierno, en las caballerizas del Cantón
norte de Bogotá. Quien esto escribe fue interrogado por el mismo Kluge, tiempo
después de aquel suceso, sobre cómo había terminado la situación. Se le pudo
comentar que con Carlos todo había salido bien, más no así con Gabriela Samper,
quien a consecuencia de todo el atropello y torturas de que fue víctima, había
muerto dos años después de salir en libertad. Expresó su congoja por tan
trágico final y también, que su solidaridad siempre estaría disponible en
contra de toda represión y abuso gubernamental.
De su extensa y prolífica obra fílmica, mención especial merece el muy polémico y controvertido documental “Alemania en otoño”, filmado entre 1977 y 1978, cuando el clima político en Alemania se encontraba en uno de sus momentos más críticos a raíz del asesinato del poderoso magnate, propietario entre otras empresas de la Mercedes Benz y jefe del Sindicato patronal, a manos de un grupo terrorista, cuyos dos líderes se habían “suicidado” en prisión. Fue Kluge quien ideó y organizó que fuera un film colectivo en el que participaron varios directores, que, con sus cortometrajes y diversas miradas, exponían sus tesis sobre lo que se vivía en el momento (Fassbinder también fue invitado a participar y mientras los demás se esforzaban por presentar algo a la altura de las circunstancias, él se filmaba a sí mismo, completamente desnudo en su apartamento, inhalando cocaína y bebiendo alcohol).
Luego
mantuvo Kluge dicho carácter colectivo para filmar “El candidato” en 1980 y
posteriormente, entre 1982 y 1983 se realizó “Guerra y paz”, en total, una
especial trilogía denominada “Ómnibus Film”, en la que se intentó explorar más
a fondo los acontecimientos políticos y sociales de la nación alemana del
momento. Aunque de las tres, la de mayor impacto y que aún se recuerda y se
cita, fue la primera “Alemania en otoño”, tanto por los planteamientos
expuestos, como por la coyuntura política tan tensa y aguda en esos meses.
Volviendo
a su obra fílmica, posterior a sus dos primeros largometrajes, ya citados y
premiados en el Festival de Venecia, realiza en 1973 “Trabajo ocasional para
una esclava” y en 1976 “Ferdinando, el duro”, sus últimas películas de carácter
convencional y luego de la trilogía “Ómnibus Film”, se va interesando por otro
tipo de cine, con otra narrativa y complejidad, que entre ficción, documental y
experimentación generan un capítulo muy particular y extenso de toda su
filmografía. En 1979 con “La patriota”, una profesora de historia que rastrea
en el pasado reciente alemán hasta llegar al presente de la Alemania federal,
así entre ficción y documental, ya comienza a desarrollar su nuevo y particular
estilo, en el que el medio fílmico le sirve de expresión de sus ideas políticas
sobre el desarrollo y constitución de la nación germana de la actualidad.
Una y
otra vez con diferentes motivos y diversos temas retorna y siempre de forma
renovada, para exponer sus tesis políticas que sobra decir, igual encuentra
muchos adeptos como también opositores. En otras ocasiones, combina su gusto
por la ópera y la música, con temas más de carácter humanista que político como
en “El ataque del presente al resto del tiempo” de 1985. Su variado estilo
fílmico, su concepto de lo sicológico en el cine, su fertilidad en el paso del
cine convencional a otro muy de su creatividad, entrega una gran obra fílmica
que junto a la literaria y a la de sus postulados políticos, se convierten en
el gran legado que deja para la posteridad. Alemania cultural pierde a uno de
sus grandes y brillantes intelectuales, de los que ya no volverán a existir y
menos ahora con la IA.
Gustavo Valencia Patiño es sociólogo, crítico de cine, columnista, gestor cultural y experto en cine alemán.
Imágenes tomadas de la circulación libre en la red.





